La investigación en España, a debate

Los ganadores del Programa de Ayudas a la Investigación Sociosanitaria de 2018 y 2019, otorgadas por la Fundación Caser, reflexionan acerca del panorama actual en su campo. Fortalezas y debilidades de un país entre las diez potencias del mundo.

Investigadores españoles

Curas para las enfermedades, avances tecnológicos, sistemas educativos y sociales más eficientes, mejores procesos productivos… En manos de la investigación está, sin duda, la solución a los principales problemas a los que se enfrenta la sociedad. La lógica dicta entonces que se potencie la labor investigadora, pero… ¿ocurre siempre así? Si escuchamos a los protagonistas, la respuesta es diáfana: no, en absoluto. “En España hay grandes científicos, pero el panorama es complicado para quienes se dedican a la investigación, y aún peor para investigadores en formación, por la enorme competitividad existente para conseguir recursos de las muy mermadas fuentes de financiación”, sostiene Ricardo Canal, doctor en Psicología y profesor titular de la Universidad de Salamanca.

“En España hay grandes científicos, pero el panorama es complicado para quienes se dedican a la investigación, y aún peor para investigadores en formación”

Ricardo Canal, doctor en Psicología y profesor titular de la Universidad de Salamanca

¿Cómo combatir la fuga de talento?

Para cualquier persona dedicada a la investigación, siempre resulta interesante disfrutar de estancias en otros centros en los que aprender y compartir conocimientos. “¿El problema? Que, si el investigador es bueno, el país o la institución que le acoge va a ofrecerle medios que aquí le costará conseguir”, reflexiona Canal. “Hay pocos investigadores que no quieran regresar a su país a continuar su línea de investigación; pero las oportunidades aquí son muy escasas, y los programas de recuperación del talento son percibidos como una amenaza a su ya precaria situación laboral”: resulta necesario, por tanto, encontrar la manera de hacerles sitio aquí sin que nadie vea amenazada su situación. 

combatir la fuga de talento

La precariedad laboral que sufre la profesión (más bien, el gremio) hace que muchos investigadores, habiéndose formado en España (y, por tanto, en los que se ha realizado una inversión importante), se vean empujados a emigrar en busca de mejores perspectivas profesionales. “La investigación necesita talento y, para ello, el Estado debe destinar fondos a programas para el retorno de un talento que en su día decidió no conservar”, sentencia Molés.

Canal ha resultado recientemente ganador de la segunda edición del Programa de Ayudas a la Investigación Sociosanitaria, otorgado por la Fundación Caser, con un proyecto que tiene como objetivo el diseño de un dispositivo de coordinación sociosanitaria capaz de detectar el trastorno del espectro autista (TEA) o las barreras para el aprendizaje o la participación (BAP) en edad escolar, con el fin de dar una respuesta rápida y eficiente a las necesidades de los menores y de sus familias. A su juicio, el problema no radica únicamente en la falta de recursos económicos, sino en el propio sistema para competir por ellos, “que está muy cerca del caos. Cada año las convocatorias cambian de fecha y por lo general se retrasan, lo que dificulta mucho la planificación (…). A los investigadores españoles se les exige mucho, igual que a los del resto del mundo, pero aquí se les apoya muy poco”, denuncia.

Décima potencia del mundo

La situación de la investigación en España se podría definir como rocambolesca: no hay suficientes fondos para investigar pero, a la vez, no se gasta todo el dinero asignado a líneas de investigación, “porque el esfuerzo que hay que hacer en España para presentar un proyecto en una convocatoria, o para conseguir préstamos de la Administración, es desproporcionado”, asegura Canal. La investigación, al igual que otros grandes temas como la educación, las pensiones o la sanidad, depende del Gobierno estatal o autonómico y, por tanto, “se proyecta a muy corto plazo, debido a la incertidumbre generada por la temporalidad de los mandatos”, afirma el doctor Iñaki Saralegui, uno de los dos ganadores de la edición 2018 de las ayudas de la Fundación Caser. 

“Hay muchos proyectos interesantes y con aplicación práctica que se finalizan antes de obtener resultados, por falta de apoyo ligada a cambios presupuestarios”, argumenta. Un problema al que se añade la aparente falta de rigor al evaluar los proyectos de investigación, “que en otros países es mucho más rigurosa: el que consigue resultados se promueve, y el que no, se suspende. En España, la investigación depende de partidas presupuestarias con un inicio y un final, en muchas ocasiones independientemente de la evaluación de los resultados”. Y a pesar de todo, el país es la décima potencia mundial en investigación, según el SCImago Journal & Country Rank, un indicador internacional que mide la calidad de las publicaciones científicas. 

Los puntos fuertes

Los investigadores consultados destacan la contribución española en áreas como la tecnología y robótica médica, para el diagnóstico y tratamiento de numerosas enfermedades; en Biomedicina, las investigaciones de instituciones como el Instituto de Salud Carlos III o el Centro de Investigaciones Oncológicas; el Centro Astrofísico de Canarias; las fuentes de energía renovables; el Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGLOBAL)… Y, desde luego, en universidades y otros centros.

Poca conciencia ciudadana

Para María Pilar Molés, también ganadora en la edición de 2018, el principal problema radica en considerar que los fondos que se destinan a investigación constituyen un gasto y no una inversión, “lo que hace que instituciones como las universidades o los centros del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) sean percibidos como unidades consumidoras de recursos, cuando en realidad no solo no son consumidoras, sino que generan el conocimiento necesario para el progreso y el conocimiento sostenible del país”.

En España, el porcentaje de PIB que se destina a investigación ha ido cayendo desde los años de la crisis, de un máximo del 1,35 % en 2010 a un 1,20 en 2017, una tendencia contraria a la del conjunto de países de la Unión Europea, que pasaron de invertir un 1,92 % en 2010 a un 2,06 en 2017. “Una diferencia que se acentúa aún más si nos comparamos con países como Alemania o Austria, que en el mismo año invirtieron, respectivamente, un 3,02 y un 3,16 % de su PIB”, puntualiza Molés. Pero no todo depende de la financiación pública: también es necesario que el tejido empresarial aumente su inversión en I+D+i, y se posicionen al nivel de sus competidores en Europa.

La solución al dilema de la investigación ha de pasar necesariamente, asegura Canal, por la estabilidad: “Estabilidad en los procesos competitivos, en los investigadores, en los presupuestos y en la normativa que regula la ejecución de los proyectos”, resume.

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