Siri, Alexa, Google Home: ¿sirven para algo los asistentes virtuales?

Las grandes corporaciones digitales se han metido irremediablemente en nuestras casas para que, a través de altavoces inteligentes y asistentes de hogar controlados por voz, el usuario juegue a tener un pequeño esclavo digital para apagar las luces o hacer compras online. Un pequeño siervo siempre con los ojos y los oídos bien abiertos.

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Woody Allen se burlaba en The Sleeper (El Dormilón) de un futuro en el que la electrónica se plegaba al servicio de los hombres a través de mayordomos robóticos que cumplían todas las órdenes que les daba su dueño, entregado ahora al ocio y al buen vivir. El mismo Allen se convertía en un estúpido sirviente electrónico que llevaba a los humanos futuros bandejas de licor y una extraña droga en forma de bola. No en vano, robot desciende del vocablo eslavo ‘rabota’, que quiere decir “servidumbre”. Esto es, los robots son nuestros siervos. Están aquí para trabajar por nosotros. Ahora, la electrónica y la robótica han evolucionado lo justo como para abandonar los laboratorios y la ciencia ficción y aterrizar en el hogar en forma de sirvientes electrónicos. O algo así nos quieren hacer creer Apple con Siri, Amazon con Alexa o Google con Home. La lista es larga y, siempre con nombre y voz de mujer, estos chachivaches llamados Cortana (Microsoft), Bixby (de Samsung), o las españolas Aura, Sara e Irene (desarrolladas por Telefónica, Renfe y Correos) se aparecen ante el usuario como criaturas cómplices y bondadosas dispuestas a resolver cualquier problema.

¿Cuál es el futuro de los asistentes virtuales?

Lo cierto es que estas voces sin cuerpo todavía están muy lejos de aquella perfecta y sensible Samantha que enamoró a Joaquin Phoenix en la película Her. La mayoría de los asistentes virtuales, como Google Voice o Alexa son básicamente altavoces bluetooth conectados a la red y al resto de dispositivos del hogar digital que irremediablemente van conquistando los hogares y por ahora se encargan de tareas sencillas como apagar y encender las luces, conectar el aspirador o buscar alguna información en internet.

De hecho, según el estudio de Telefónica Todo el mundo habla de los asistentes virtuales, pero, ¿cómo los utilizan realmente los usuarios?, la mayoría de los usuarios de los asistentes suelen llevar a cabo solo de una a tres tareas diferentes, como la creación de una alarma, preguntar por el clima o reproducir música. De él también se desprende que los usuarios los utilizan regularmente (más del 60 % de los usuarios afirman usar sus dispositivos diariamente o varias veces a la semana). Y de entre todos los dispositivos, destaca Alexa como el asistente más utilizado: El número de consumidores que ejecutan seis o siete tareas con Alexa, el 17 %, casi triplica el de otros usuarios (6 % Google, 7 % Cortana y 8 % Siri).

El número de consumidores que ejecutan seis o siete tareas con Alexa, el 17 %, casi triplica el de otros usuarios (6 % Google, 7 % Cortana y 8 % Siri)

Todo ello, claro, al precio de la vigilancia continua por bots escuchadores que, como en La vida de los otros, están permanentemente atentos a lo que se habla y se dice. Más que respuestas inteligentes y ponderadas –de momento, estos asistentes son unos seres con empatía nula y ninguna capacidad creativa–, sus conversaciones se basan en respuestas en tono jovial e hipervitaminado (hay voces, como la de Google, que parece que están tomando Prozac), son capaces de reconocer la voz y llamar por el nombre y hasta de dar alguna respuesta ingeniosa, aunque son sonados los desmanes y las meteduras de pata.

Pero los robots aprenden. Y rápido. Y a fuerza de escuchar conversaciones humanas, los programadores van afinando estos seres para que, además de poner el disco que te gusta o te informe del tiempo que hace, la distopía comience a ser realidad y nos creamos que interactuamos con una máquina inteligente y maravillosa que es capaz de todo.

Asistente virtual por voz

¿En qué está especializado cada asistente virtual?

Por supuesto, están especializados. Siri, de Apple, pasa del teléfono al módulo asistente y controla los aparatos conectados para decirte si has bajado de peso o cuántos pasos has dado hoy o qué tal ha sido la calidad de tu sueño. Alexa, de Amazon, es finísima haciendo compras y, si te quedas sin esos nibs de cacao de comercio justo que –ay, fíjate, importas de internet en vez de bajar al tendero de la esquina, amenazado por heladerías de yogur para turistas– te los compra en un abrir y cerrar de ojos. Por su parte, webs como la de Renfe o Telefónica han entrenado a sus azafatas robóticas para ser amables con los usuarios desesperados ante la torpeza de las plataformas y, en la práctica, más que para ayudar, resultan ser un incordio. El ejemplo pueden ser las voces automáticas de la compañía del gas o del teléfono. Casi nunca resuelve su cometido y nos hartamos de gritarle que nos ponga con un humano de verdad, aunque sea un subcontratado en la otra esquina del mundo.

¿Cachivaches sexistas?

Los asistentes han sido bautizados con nombres de mujer y sus voces programadas para ejecutar las órdenes de sus usuarios son femeninas, algo que arrastra una gran polémica. En España, la agencia Tango, junto a la Confederación Nacional de Mujeres en Igualdad y la Asociación de Hombres por la Igualdad de Género (AHIGE), han puesto en marcha la iniciativa Voces en igualdad, para que los asistentes virtuales dejen de tener voz de mujer con el objetivo de reivindicar la igualdad de género.

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